La historia de Amina Chebet Kiplagat, la atleta que llegó desde Europa para correr en Costa Rica
Hubo un momento en la historia de la Clásica Candelaria Internacional en que la carrera dejó de sentirse únicamente costarricense y comenzó a mirar hacia el mundo.
Corría 1987 cuando la organización asumió un reto que para aquella época parecía enorme: traer a Costa Rica a una atleta keniana de alto nivel y convertir a Candelaria en el primer evento de Centroamérica en recibirla.
Su nombre era Amina Chebet Kiplagat.
Tenía 26 años y provenía de las tierras altas de Kenia. En Europa ya comenzaba a hacerse conocida dentro del circuito de ruta. Había competido en Francia, Bélgica, Italia y España, enfrentándose a algunas de las mejores fondistas del momento. Su estilo llamaba la atención: zancada larga, ritmo constante y una capacidad extraordinaria para acelerar cuando parecía que el cansancio comenzaba a aparecer.
Pero aquel año su calendario incluyó un destino inesperado:
Cartago, Costa Rica.
La noticia de que una corredora keniana competiría en Candelaria despertó una enorme curiosidad. Para muchos aficionados costarricenses era la primera oportunidad de observar de cerca a una atleta africana acostumbrada al exigente circuito europeo.
Desde los primeros kilómetros quedó claro que aquella participación sería diferente.
Kiplagat avanzaba entre las calles de Cartago mientras cientos de personas se acercaban a las aceras para verla pasar. Su uniforme negro llevaba con orgullo la palabra KENYA, mientras el número 1587 identificaba a una atleta que, sin saberlo, terminaría formando parte de una de las historias más recordadas de aquella edición.
No fue solamente su velocidad.
Fue su presencia.
Su manera de correr, la concentración, el movimiento de sus brazos y la facilidad con la que sostenía el ritmo provocaron que el público comenzara a seguir su avance de un punto a otro del recorrido. Algunos incluso se desplazaban para intentar verla nuevamente kilómetros más adelante.
Fue un espectáculo.
Cuando cruzó la meta, los aplausos fueron mucho más allá de un resultado deportivo. Aquella mañana representaba algo nuevo: Costa Rica demostraba que también podía convertirse en punto de encuentro para atletas provenientes de los grandes circuitos internacionales.
Años después, Amina continuaría compitiendo en Europa antes de regresar a Kenia. Sin embargo, entre fotografías antiguas y recuerdos de Candelaria quedaría aquella imagen: una corredora keniana, empapada en sudor, atravesando las calles de Cartago mientras una multitud descubría otra dimensión del atletismo.
Para Candelaria significó también el comienzo de una nueva ambición.
El mundo había llegado a correr a Costa Rica.
Y Candelaria había abierto la puerta.
Clásica Candelaria Internacional
44 ediciones de historias que siguen corriendo.

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